Hosanna in Excelsis — Revista · Vol. 1 · Apologética

IUSTITIA DEI · CAUSA FORMALIS

LA JUSTIFICACIÓN

¿Por qué no nos entendemos?

La causa formal de la justificación y la diferencia que cambia toda la conversación

Por Hugo Delgado

Cada vez que hago un programa sobre la justificación en mi canal, o cuando debato el tema, aparece la misma objeción. La plantean protestantes y también críticos de la Iglesia: «¿Para qué va usted en contra de su propio Magisterio? Su Iglesia ya firmó la Declaración conjunta. Hoy los católicos aceptan la justificación protestante».

Entiendo por qué suena convincente. Si católicos y luteranos firmaron un documento común sobre la justificación, parece que el debate terminó y que seguir discutiendo es desobedecer al Magisterio.

En este artículo voy a mostrar el problema de esa afirmación. No se trata de negar los acuerdos reales, que los hay. Se trata de señalar lo que la objeción pasa por alto: se puede coincidir en mucho y seguir sin responder la pregunta decisiva.

Esa pregunta es sencilla: ¿qué es lo que nos hace justos ante Dios? En mi experiencia, y en la de muchos teólogos de oficio, la mejor manera de responderla es con una herramienta de la filosofía: la causa formal. No es una elección arbitraria. Es la misma herramienta que usó la Iglesia en el Concilio de Trento al exponer la doctrina católica de la justificación y rechazar la protestante.

Detrás de esa decisión hay una tradición intelectual de siglos, que en santo Tomás de Aquino alcanza una de sus cumbres. Trento encontró en el lenguaje de las causas la forma más precisa de decir qué es la justificación y de mostrar en qué se diferencia una doctrina de la otra. Para entender esa herramienta hay que dar un paso atrás.

En este artículo
  1. IConocer algo es conocer sus causas
  2. IIUn mismo hecho, cuatro respuestas
  3. III¿Dónde está la diferencia?
  4. IVTrento habló en este lenguaje
  5. VLa posición luterana y reformada, sin caricaturas
  6. VILa respuesta de Trento
  7. VIIEn nosotros, pero no de nosotros
  8. VIIIEl amor es primero un don
  9. IXDe extraños a hijos
  10. XLas obras no compiten con Cristo
  11. XILo que hemos visto, y lo que falta
  12. ✠Notas
I

Conocer algo es conocer sus causas

Aristóteles abre la Metafísica con una idea sencilla: creemos conocer una cosa cuando conocemos sus causas. Y enseguida añade que la palabra «causa» se dice de cuatro maneras.1 Preguntar «¿por qué?» a fondo, entonces, es hacer cuatro preguntas distintas. Quien responde solo una sabe una parte.

Pensemos en una casa:

Las cuatro causas de una casa CAUSA MATERIALCAUSA FORMALCAUSA EFICIENTECAUSA FINAL ¿De qué está hecha?madera, piedra y vidrio¿Qué la hace ser lo que es?su diseño, su estructura¿Quién la hizo?los constructores¿Para qué existe?para ser una vivienda INTRÍNSECAS: MATERIA Y FORMA · EXTRÍNSECAS: AGENTE Y FIN
Las cuatro causas con el ejemplo de la casa, según el texto. Materia y forma están dentro de la cosa; el agente y el fin actúan desde fuera.

La causa formal merece una definición más precisa. Es el acto o la perfección interna por la que una cosa es lo que es. El alma hace que un hombre sea hombre; el color, que sea blanco; la virtud, que sea bueno.3 Guarde ese último ejemplo, porque ahí vive la justificación.

Materia y forma son causas intrínsecas: están dentro de la cosa. El agente y el fin son extrínsecos: actúan desde fuera.4 Y las cuatro no son una lista suelta, sino que van ordenadas. El fin mueve al agente, el agente produce la forma y la forma organiza la materia. Por eso a la causa final se le llama «causa de las causas».5

II

Un mismo hecho, cuatro respuestas

Imaginemos que se cae el techo de un granero. ¿Por qué se cayó? Hay cuatro respuestas correctas y completamente distintas:

Es el mismo hecho, explicado de cuatro maneras. Quien solo hace una pregunta se pierde tres cuartas partes de la realidad. Y el pensamiento moderno suele quedarse justamente con una, la causa eficiente, y olvida las demás.2

Una aclaración: las cuatro causas explican todo lo que es causado. Dios, que no tiene causa, es la excepción.

III

¿Dónde está la diferencia?

Pensemos en una conversación típica. Cuando un católico y un protestante hablan de la justificación, muchas veces terminan con la sensación de que dicen lo mismo.

El protestante dice: «Yo también creo que las obras importan. Una fe verdadera siempre da fruto».

El católico dice: «Yo también creo que en la justificación Dios perdona los pecados. Hay un aspecto que se parece a un juicio: Dios nos absuelve».

Entonces, ¿cuál es la diferencia? Si los dos hablan de perdón y los dos hablan de obras, parece que no hay ninguna. Aquí es donde las cuatro causas nos ayudan.

PASO 1dos cosas pueden parecerse mucho

Dos cosas pueden tener casi todo en común y, aun así, ser distintas. Pueden compartir tres causas y diferir en una sola. Esa única diferencia basta para que sean cosas diferentes.

PASO 2un ejemplo en un tribunal

Imaginemos a dos hombres que salen del mismo tribunal. A los dos el juez les dice: «No culpable». Los dos salen libres.

Hagamos las preguntas de las causas:

Hasta aquí no vemos ninguna diferencia. Ahora hagamos la última pregunta.

PASO 3la pregunta que cambia todo

¿Qué hace que cada uno sea «no culpable»?

El primer hombre es realmente inocente. La justicia está en él. El juez solo reconoce lo que ya es verdad.

El segundo hombre no se volvió inocente. La sentencia lo declara justo, pero esa justicia está en la declaración del juez, fuera de él.

Esta es la causa formal. Desde fuera, los dos casos se ven iguales. Por dentro, son completamente distintos.

Lo que comparten
  • Causa eficiente El mismo juez
  • Causa final Para que queden libres
  • La sentencia «No culpable»

Primer hombre

Es realmente inocente. La justicia está en él. El juez solo reconoce lo que ya es verdad.

Segundo hombre

No se volvió inocente. La sentencia lo declara justo, pero esa justicia está en la declaración del juez, fuera de él.

«Desde fuera, los dos casos se ven iguales. Por dentro, son completamente distintos.» La diferencia es la causa formal.

PASO 4llevarlo a la justificación

Lo mismo pasa entre católicos y protestantes. Los dos decimos que Dios justifica. Los dos decimos que Cristo lo mereció. Los dos decimos que el creyente da buenas obras.

La diferencia está en una sola pregunta: la justicia que nos hace justos ante Dios, ¿está fuera de nosotros o dentro de nosotros?

Para la doctrina luterana y reformada, está fuera: es la justicia de Cristo que Dios nos atribuye.

Para la fe católica, Dios pone su justicia dentro de nosotros y nos transforma de verdad.

Esa es la causa formal de la justificación. Ahí está la diferencia que en la conversación no aparecía.

IV

Trento habló en este lenguaje

No es un esquema que traigamos de fuera. El Concilio de Trento describió la justificación en estos mismos términos. En la Sesión VI, capítulo 7, nombra cada causa:6

Concilio de Trento · Sesión VI, cap. 7
Las causas de la justificación según Trento FINALEFICIENTEMERITORIAINSTRUMENTALFORMAL LAJUSTIFICACIÓN
Toque una causaCada nodo muestra lo que el Concilio nombra, con las palabras del texto.
Causas según Trento
Finalla gloria de Dios y de Cristo, y la vida eterna.
EficienteDios misericordioso.
MeritoriaJesucristo, por su pasión.
Instrumentalel bautismo.
Formal, la única«la justicia de Dios, no aquella por la que Él es justo, sino aquella por la que nos hace justos».
Las cinco causas que nombra Trento, tal como las enumera el artículo. La formal, «la única», es donde está la diferencia.

Christopher Malloy lo resume así: Dios trino es la causa eficiente; Cristo, la meritoria; y la gracia que inhiere en el alma, la formal.7 En las primeras, católicos y luteranos coincidimos. Lo que no compartimos, dice Malloy, es «la naturaleza misma del acontecimiento de la justificación, su causa formal».8 Por eso los acuerdos ecuménicos, como la Declaración conjunta de 1999, pueden avanzar mucho sin resolver la cuestión de fondo.

Un lector protestante atento podría responder que la justicia de Cristo es también una causa formal, solo que externa. Aquí ayuda otra distinción. Una cosa es la causa formal intrínseca, que está en el efecto. Otra, la causa ejemplar, el modelo que permanece fuera de él.3 Una «forma» que se queda fuera no hace que algo sea lo que es. Solo hace que se le considere así.

Con esto en mente, veamos qué enseñan luteranos y calvinistas.

V

La posición luterana y reformada, sin caricaturas

Para la tradición luterana y la reformada, lo que fundamenta nuestra aceptación ante Dios es la justicia de Cristo imputada al creyente. Es una justicia ajena, externa: por ella somos considerados justos. Alister McGrath, en Iustitia Dei, señala la distinción entre justificación y santificación como uno de los rasgos que separan al protestantismo de la tradición anterior.9

La Fórmula de Concordia, uno de los textos confesionales luteranos, lo dice sin rodeos: ni la renovación, ni la santificación, ni las virtudes, ni otras buenas obras son nuestra justicia ante Dios, ni deben ponerse como forma, parte o causa de nuestra justificación.10 Aquí «imputar» significa declarar justo al injusto, no hacerlo justo por dentro.

Anthony Lane, un teólogo evangélico, lo resume en una frase que vale para ambas tradiciones: «La justificación trata de que la actitud de Dios hacia mí cambia; la santificación, de que Dios me cambia a mí».11

Conviene evitar una caricatura común. Luteranos y reformados no niegan que Dios transforme al cristiano. Distinguen, sin separar, justificación y santificación. Solo la santificación crece; la justificación permanece perfecta y se conserva por la sola fe.12 La discusión, entonces, es si esa transformación forma parte de aquello por lo que somos justificados o si es solo su consecuencia.

VI

La respuesta de Trento

Para Trento, la justificación incluye el perdón de los pecados y la renovación del hombre interior. Dios no se limita a cambiar nuestra situación ante un tribunal. Nos comunica una justicia que nos transforma: de injustos pasamos a ser justos; de enemigos, amigos.

Por eso el Concilio, después de nombrar la justicia por la que Dios nos hace justos, añade que no solo somos considerados justos, sino que verdaderamente nos llamamos justos y lo somos.13

Perdón y renovación no son dos piezas que se suman. Como explica Malloy, esta participación en la justicia de Dios, que inhiere en nosotros, es la única causa formal, tanto del perdón como de la renovación.14

VII

En nosotros, pero no de nosotros

Aquí hay que hablar con precisión. Lo que recibimos es una participación en la justicia de Dios, merecida por Cristo. No fabricamos una justicia propia, independiente de Él.

Que la justicia esté en nosotros no significa que venga de nosotros. Confundir ambas cosas explica por qué tantas conversaciones acaban en acusaciones de pelagianismo.

La ironía es que la fórmula de Trento viene de san Agustín, y Agustín la usó precisamente contra los pelagianos.15 No la usó para explicar una justicia meramente declarada. La usó para mostrar que esa justicia se nos da gratuitamente y que Dios es quien actúa. Por eso Trento, igual que Lutero, rechaza cualquier forma de pelagianismo.16

Esto no elimina nuestra respuesta. Trento enseña que el pecador coopera de verdad con la gracia que lo prepara, aunque esa cooperación no merece la justificación. La iniciativa y el don son enteramente de Dios. Nuestro sí también es fruto de su gracia.

Una analogía ayuda. Cuando Dios dice «Hágase la luz», su palabra produce lo que declara. Su acción justificadora tampoco tiene por qué quedarse en una declaración exterior: Dios puede hacer justo al pecador. El cambio no depende de que el hombre se reconstruya a sí mismo. Depende de la eficacia de la palabra y de la gracia de Dios.

VIII

El amor es primero un don

Por eso no basta con decir: «Nosotros también creemos en el amor y en las buenas obras». Cuando hablo de la caridad en la justificación, no empiezo contando obras. Hablo del amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.

Al explicar Trento en mi programa sobre Clemente de Roma, subrayé que recibimos fe, esperanza y caridad, y que esa unión nos hace miembros vivos de Cristo. El amor primero transforma. Después se nota en la vida.

El bautismo de un niño lo muestra con claridad. Un bebé bautizado no ha acumulado ninguna obra meritoria. Aun así, el Catecismo enseña que en el bautismo la Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, «la gracia de la justificación».17 El niño no presenta una lista de acciones para cobrar una recompensa: recibe una vida que no podía darse a sí mismo. Hablar de justicia interior, entonces, no es defender una salvación comprada con esfuerzo humano.

IX

De extraños a hijos

La filiación divina muestra lo profundo del cambio. No se trata solo de librarnos de un castigo. Pasamos de extraños a hijos, de enemigos a amigos.

Cuando Pablo habla de una nueva creación y de llegar a ser justicia de Dios en Cristo, veo ese mismo horizonte: algo cambia de verdad en nuestro ser. La salvación nos mete en una relación viva con Dios, sostenida por Cristo presente y actuando en nosotros.

Ilustración: una vid con racimos bajo un cielo estrellado
«La rama da fruto porque sigue unida a la vid.»
X

Las obras no compiten con Cristo

Esto cambia también cómo entendemos las obras. Si Cristo vive en nosotros, lo que hacemos en su gracia no compite con Él.

La imagen de la vid y los sarmientos lo deja claro. La rama da fruto porque sigue unida a la vid; separada, no puede hacer nada. Malloy lo dice así: el sarmiento nunca se sostiene a sí mismo ni se convierte en una vid independiente, pero es bueno en sí y da fruto que permanece en la medida en que vive de la vid.18 La necesidad de dar fruto y nuestra dependencia total de Cristo son parte del mismo argumento. No hay que elegir entre una y otra.

Por eso la causa formal toca toda la vida cristiana. Si la justicia recibida nos renueva, podemos crecer en ella, cooperar con la gracia y vivir una santidad que de verdad agrada a Dios. Al comentar el Catecismo, en el número 2011, insistí en que la caridad de Cristo en nosotros es la fuente de nuestros méritos. Lo que Dios corona no es una independencia ganada frente a Él. Son los frutos de su propia gracia, acogida en nuestra vida.

XI

Lo que hemos visto, y lo que falta

En este artículo no hemos demostrado que la posición católica sea la verdadera ni que la protestante sea falsa. Ese no era el objetivo. El objetivo era darle al lector una herramienta para ver dónde está la diferencia real.

Si alguien llegó hasta aquí con dudas, vale la pena repetirlo de forma sencilla. Las dos posiciones se parecen porque comparten varias causas: Dios es quien justifica, Cristo es quien lo mereció y la fe verdadera da fruto. Pero la causa formal es la que hace que algo sea lo que es, es decir, la que define su esencia. Y en la causa formal, las dos posiciones no coinciden.

Para la fe católica, siguiendo a Malloy, la causa formal es la gracia que inhiere en el alma: una participación en la justicia de Dios, merecida por Cristo, que está dentro de nosotros y nos hace justos de verdad.19 Es una justicia infundida.

Para la doctrina luterana y reformada, la causa formal es la justicia de Cristo, que permanece fuera de nosotros y se nos atribuye. Por ella Dios nos considera justos. Es una justicia imputada.

Fe católicaDoctrina luterana y reformada
Causa formalLa gracia que inhiere en el alma: una participación en la justicia de Dios, merecida por CristoLa justicia de Cristo, que permanece fuera de nosotros y se nos atribuye
¿Dónde está?Dentro de nosotrosFuera de nosotros
EfectoNos hace justos de verdadPor ella Dios nos considera justos
NombreJusticia infundidaJusticia imputada
Resumen del artículo, con sus propias palabras.

Por eso, la próxima vez que alguien le diga «Su Iglesia ya firmó la Declaración conjunta, ¿para qué sigue discutiendo?», usted ya tiene la respuesta. Podemos coincidir en mucho. Mientras no coincidamos en la causa formal, la diferencia de fondo sigue ahí. Discutirla no es desobedecer al Magisterio. Es tomarse en serio lo que el Magisterio enseñó en Trento.

Hay que decir también una verdad triste. Ni los católicos ni los protestantes vamos a abandonar lo que consideramos el núcleo de nuestra fe, y la causa formal está en ese núcleo. Por eso es muy probable que nunca lleguemos a un acuerdo real y profundo sobre la justificación. Podremos entendernos mejor, respetarnos y reconocer lo que compartimos. Pero no debemos confundir esa cercanía con una unidad que todavía no existe.

En el próximo número de la revista daremos el paso siguiente. Examinaremos la justicia infundida y la justicia imputada, y mostraremos por qué la Escritura y la Tradición respaldan la posición católica.

NOTAS

  1. Aristóteles, Metafísica I (A), 3, 983a24–27; véase Étienne Gilson, Being and Some Philosophers, 2.ª ed. (Toronto: Pontifical Institute of Mediaeval Studies, 1952), cap. 5, «Being and Existence». ↩
  2. Robert C. Koons y Daniel Bonevac, Five Ways to One God (manuscrito, 10 de agosto de 2025), cap. 8, «Aristotle's Defense of Common Sense», pp. 65–66. ↩ ↩ ↩
  3. Tomás Alvira, Luis Clavell y Tomás Melendo, Metafísica (Pamplona: EUNSA), pp. 195–196. ↩ ↩
  4. Alvira, Clavell y Melendo, Metafísica, p. 228; véase también Jeffrey E. Brower, «First Principles: Hylomorphism and Causation», en Eleonore Stump (ed.), The New Cambridge Companion to Aquinas (Cambridge: Cambridge University Press), pp. 52–53. ↩
  5. Alvira, Clavell y Melendo, Metafísica, p. 228; cf. santo Tomás de Aquino, De principiis naturae, cap. 4. ↩
  6. Concilio de Trento, Sesión VI (1547), Decreto sobre la justificación, cap. 7 (DH 1529). ↩
  7. Christopher J. Malloy, Engrafted into Christ, p. 24. ↩
  8. Malloy, Engrafted into Christ, p. 20. ↩
  9. Alister E. McGrath, Iustitia Dei: A History of the Christian Doctrine of Justification, 4.ª ed. (Cambridge: Cambridge University Press, 2020), p. ___. ↩
  10. Fórmula de Concordia, Declaración Sólida III, § ___, citada en Malloy, p. 38; véase también p. 39. ↩
  11. Anthony N. S. Lane, Justification by Faith in Catholic-Protestant Dialogue (Londres: T&T Clark, 2002), p. 18, citado en Malloy, p. 45. ↩
  12. Malloy, p. 45. ↩
  13. Concilio de Trento, Sesión VI, cap. 7 (DH 1529), citado en Malloy, p. 25. ↩
  14. Malloy, pp. 31–32. ↩
  15. San Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus 26; véase Malloy, pp. 25–26. ↩
  16. Malloy, pp. 20, 39. ↩
  17. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1266. ↩
  18. Malloy, p. 28. ↩
  19. Malloy, pp. 24, 31–32. ↩