La causa formal de la justificación y la diferencia que cambia toda la conversación
Por Hugo Delgado
«¿Para qué va usted en contra de su propio Magisterio? Su Iglesia ya firmó la Declaración conjunta. Hoy los católicos aceptan la justificación protestante».
La objeción de siempre. Se puede coincidir en mucho y seguir sin responder la pregunta decisiva: ¿qué es lo que nos hace justos ante Dios?
Aristóteles abre la Metafísica con una idea sencilla: creemos conocer una cosa cuando conocemos sus causas. Y enseguida añade que la palabra «causa» se dice de cuatro maneras.
Preguntar «¿por qué?» a fondo, entonces, es hacer cuatro preguntas distintas. Quien responde solo una sabe una parte.
Causa material¿De qué está hecha?
Causa formal¿Qué la hace ser lo que es?
Causa eficiente¿Quién la hizo?
Causa final¿Para qué existe?
La causa formal, con más precisión
Es el acto o la perfección interna por la que una cosa es lo que es.
El almahace que un hombre sea hombre
El colorhace que sea blanco
La virtudhace que sea bueno
Guarde ese último ejemplo, porque ahí vive la justificación.
Pensemos en una casa
Toque cada causa y vea qué responde. Puede activarlas en cualquier orden.
Toque una causa para empezar.
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Un mismo hecho, cuatro respuestas
Imaginemos que se cae el techo de un granero. ¿Por qué se cayó? Hay cuatro respuestas correctas y completamente distintas.
¿Por qué se cayó?
La madera era demasiado delgada.
Causa material
El diseño era demasiado ancho para las vigas.
Causa formal
Una tormenta de nieve lo sobrecargó.
Causa eficiente
El granjero lo saboteó para cobrar el seguro.
Causa final
Es el mismo hecho, explicado de cuatro maneras. Quien solo hace una pregunta se pierde tres cuartas partes de la realidad. Y el pensamiento moderno suele quedarse justamente con una, la causa eficiente, y olvida las demás.
Una aclaración: las cuatro causas explican todo lo que es causado. Dios, que no tiene causa, es la excepción.
Dentro y fuera
Algunas causas están dentro de la cosa; otras actúan desde fuera. Lleve cada causa a su lugar.
Arrastre cada causa, o tóquela y luego toque el grupo donde va.
Elija una causa para empezar.
El fin, causa de las causas
Las cuatro causas no son una lista suelta, sino que van ordenadas.
El fincausa final
mueve
al agentecausa eficiente
produce
la formacausa formal
organiza
la materiacausa material
El fin mueve al agente, el agente produce la forma y la forma organiza la materia. Por eso a la causa final se le llama «causa de las causas».
¿Dónde está la diferencia?
Cuando un católico y un protestante hablan de la justificación, muchas veces terminan con la sensación de que dicen lo mismo.
«Yo también creo que las obras importan. Una fe verdadera siempre da fruto».
«Yo también creo que en la justificación Dios perdona los pecados. Hay un aspecto que se parece a un juicio: Dios nos absuelve».
Si los dos hablan de perdón y los dos hablan de obras, parece que no hay ninguna diferencia. Pero dos cosas pueden tener casi todo en común y, aun así, ser distintas. Pueden compartir tres causas y diferir en una sola. Esa única diferencia basta.
Dos hombres salen del mismo tribunal
¿Quién dio la sentencia? El mismo juez.Igual
¿Para qué? Para que queden libres.Igual
¿Qué dice la sentencia? «No culpable».Igual
¿Qué hace que cada uno sea «no culpable»?
El primer hombreEs realmente inocente. La justicia está en él. El juez solo reconoce lo que ya es verdad.
El segundo hombreNo se volvió inocente. La sentencia lo declara justo, pero esa justicia está en la declaración del juez, fuera de él.
Esta es la causa formal. Desde fuera, los dos casos se ven iguales. Por dentro, son completamente distintos.
La justicia que nos hace justos ante Dios, ¿está fuera de nosotros o dentro de nosotros?
Trento habló en este lenguaje
No es un esquema que traigamos de fuera. En la Sesión VI, capítulo 7, el Concilio de Trento nombra cada causa de la justificación.
Concilio de Trento (DH 1529)
Doctrina luterana y reformada
Final
La gloria de Dios y de Cristo, y la vida eterna.
—
Eficiente
Dios misericordioso.
Coincidimos Dios es quien justifica.
Meritoria
Jesucristo, por su pasión.
Coincidimos Cristo es quien lo mereció.
Instrumental
El bautismo.
—
Formal, la única
«La justicia de Dios, no aquella por la que Él es justo, sino aquella por la que nos hace justos».
Aquí no coincidimos La justicia de Cristo, que permanece fuera de nosotros y se nos atribuye.
Justicia infundida: dentro de nosotrosJusticia imputada: fuera de nosotros, atribuida
La fe católica
Dios pone su justicia dentro de nosotros y nos transforma de verdad. La causa formal es la gracia que inhiere en el alma: una participación en la justicia de Dios, merecida por Cristo, que está dentro de nosotros y nos hace justos de verdad.
Por eso el Concilio añade que no solo somos considerados justos, sino que verdaderamente nos llamamos justos y lo somos.
Perdón y renovación no son dos piezas que se suman: esta participación en la justicia de Dios es la única causa formal, tanto del perdón como de la renovación.
La doctrina luterana y reformada
Lo que fundamenta nuestra aceptación ante Dios es la justicia de Cristo imputada al creyente: una justicia ajena, externa, por la que somos considerados justos. McGrath señala la distinción entre justificación y santificación como uno de los rasgos que separan al protestantismo de la tradición anterior.
La Fórmula de Concordia lo dice sin rodeos: ni la renovación, ni la santificación, ni las virtudes, ni otras buenas obras son nuestra justicia ante Dios, ni deben ponerse como forma, parte o causa de nuestra justificación.
«La justificación trata de que la actitud de Dios hacia mí cambia; la santificación, de que Dios me cambia a mí».Anthony Lane, teólogo evangélico
Sin caricaturas: luteranos y reformados no niegan que Dios transforme al cristiano. Distinguen, sin separar, justificación y santificación. Solo la santificación crece; la justificación permanece perfecta y se conserva por la sola fe.
La discusión, entonces, es si esa transformación forma parte de aquello por lo que somos justificados o si es solo su consecuencia. Malloy lo resume: Dios trino es la causa eficiente; Cristo, la meritoria; y la gracia que inhiere en el alma, la formal. Lo que no compartimos es «la naturaleza misma del acontecimiento de la justificación, su causa formal». Por eso los acuerdos ecuménicos, como la Declaración conjunta de 1999, pueden avanzar mucho sin resolver la cuestión de fondo.
¿Y si la justicia de Cristo fuera una causa formal externa?
Un lector protestante atento podría responder así. Aquí ayuda otra distinción: una cosa es la causa formal intrínseca, que está en el efecto; otra, la causa ejemplar, el modelo que permanece fuera de él. Una «forma» que se queda fuera no hace que algo sea lo que es. Solo hace que se le considere así.
Recuerde el plano del arquitecto: está fuera de la casa.
En nosotros, pero no de nosotros
Lo que recibimos es una participación en la justicia de Dios, merecida por Cristo. No fabricamos una justicia propia, independiente de Él. La fórmula de Trento viene de san Agustín, que la usó precisamente contra los pelagianos. Por eso Trento, igual que Lutero, rechaza cualquier forma de pelagianismo.
Un bebé bautizado no ha acumulado ninguna obra meritoria. Aun así, en el bautismo recibe la gracia santificante, «la gracia de la justificación». Hablar de justicia interior no es defender una salvación comprada con esfuerzo humano.
Como el sarmiento: nunca se sostiene a sí mismo ni se convierte en una vid independiente, pero es bueno en sí y da fruto que permanece en la medida en que vive de la vid.
«Coincidimos» marca lo que el artículo señala como común. El guion indica una causa que el artículo no compara.
Repaso
Cinco preguntas para comprobar que la herramienta ya está en sus manos.
Lo que hemos visto, y lo que falta
Aquí no hemos demostrado que la posición católica sea la verdadera ni que la protestante sea falsa. El objetivo era darle una herramienta para ver dónde está la diferencia real.
Las dos posiciones se parecen porque comparten varias causas: Dios es quien justifica, Cristo es quien lo mereció y la fe verdadera da fruto. Pero la causa formal es la que hace que algo sea lo que es. Y en la causa formal, las dos posiciones no coinciden.
La próxima vez que alguien le diga «Su Iglesia ya firmó la Declaración conjunta, ¿para qué sigue discutiendo?», usted ya tiene la respuesta. Podemos coincidir en mucho. Mientras no coincidamos en la causa formal, la diferencia de fondo sigue ahí. Discutirla no es desobedecer al Magisterio. Es tomarse en serio lo que el Magisterio enseñó en Trento.